La
cocina bergamasca tal vez sea la cocina lombarda más
descuidada por los manuales gastronómicos. Fortemente
infuenciada por la gastronomía veneta, ésta tiene
una peculiaridad que se hace patente en platos simples
y vigorosos.
En efecto la
bergamasca, siempre ha sido una tierra pobre, y los
habitantes sólo disponían de los productos más
elementales de la tierra para sus recetas. Platos
tipicamente bergamascos son los “casonsei”,
gruesos ravioli de miga de pan, salchicha y grana,
sazonados con mantequilla fundida y, claramente, la
celebérrima “polenta e ösei”, polenta con aves
saltadas, definida por un poeta “el alimento de los
dioses”; y la polenta taragna, polenta mezclada al
queso Branzi, servida sola o con salchichas o
mortadela de
hígado. Entre el pescado, se cocinan con particular
atención truchas y carpas, sardinas grilladas,
alborellas o “aole” fritas o “in saor”.
Mientras que entre los postres, la especialidad más
conocida es sin duda la polenta y pajaritos, una cúpula
de Pan di Spagna cubierta de azúcar y harina de maíz
y sobrepasada por diminutos pajaritos de chocolate.